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martes, 31 de mayo de 2011

El baile final (relato)


El traje era de primera calidad. Antaño, cuando los cainitas afilaban sus lenguas y practicaban frente al espejo sus dotes de oradores, Zimerman estrenaba muchos trajes, venidos de los mejores diseñadores del mundo humano y vampírico. El nudo Windsor, la elección de los gemelos a juego con camisa de doble cierre, la propia fragancia sutil pero a la vez penetrante, todo su aspecto lo utilizaba para transmitir su presencia entre sus pretenciosos compañeros ávidos de poder. Eran noches distintas, en ciudades donde hasta el peor de los desalmados conocía su posición en la escala social.

Tomar el principado de Alcalá de Henares le adormeció. Mientras tanteaba los relojes de pulsera veía con más claridad que nunca que todo lo acontecido hasta ahora había sido su culpa. Madison, la primogénito Tremere, no habría muerto la semana pasada, sus acólitos no se esconderían en los rincones más oscuros y no tendría necesidad de hacer tratos con sus subalternos humanos. En definitiva, no habría perdido el control de su ciudad. La falta de rivales políticos, de vampiros con aspiraciones más allá de llenarse la garganta cada noche habían producido en él un entumecimiento muy diferente del habitualmente físico. Se había engañado hasta ahora dejando que los demás le mantuviesen en su ilusión: la ciudad no había prosperado con él, había languidecido lentamente pero de forma inexorable.

La muerte de Madison sería vengada esa misma noche. No había Gehena, algo de lo que estaba seguro desde el principio. Ella había descubierto gracias a sus habilidades y a su talento natural (su pérdida es irremplazable) que detrás de las muestras apocalípticas del fatídico evento se encontraban disciplinas venidas de un aislado vampiro: dementación y dominación. Zimerman se formaba una idea muy definida en su mente del tipo de monstruo que había realizado toda la puesta en escena.

La puerta de la habitación sonó:
-Señor Zimerman, ya está todo preparado- decía García desde detrás de la puerta.

-Gracias, Pedro. Reúnete con tu gente y continúa con lo que hemos hablado.

Se atusó la chaqueta ejecutiva. Lo único que no alcanzaba a comprender era el motivo por el que ese vampiro había decidido empezar una ola de miedo y pánico en su ciudad. Estimulado por sus recuerdos del pasado se inclinaba a verle como un taimado adalid, experto en argucias con un intrincado ardid para utilizar la incertidumbre de la Gehena a su favor. También podía ser un senescal desterrado de tierras lejanas que quisiera retomar su pequeño imperio particular comenzando por una pequeña localidad, ganando aliados en cada movimiento.

-O puede ser simplemente un completo lunático-se dijo así mismo Zimerman mirándose al espejo.

Un último repaso a su figura le confirmó que estaba preparado. Esta noche en la exposición se acabaría todo. No se sentaría en una silla con una escopeta, esperaría a que la mosca se enredase en su telaraña, igual que otras muchas en el pasado. Sus dedos no palparían un gatillo nerviosamente, se encontrarían anudados ocultando su sonrisa mientras observaba a su enemigo ahogarse en su propio ataque. Ahora que le podía poner una existencia palpable sabía que necesitaría un golpe de efecto para reavivar el miedo a la Gehena, y aprovecharía una reunión donde los altos cargos vampíricos y humanos asistiesen junto a la prensa y la masa media de ambas poblaciones. Y ahí desmontaría todo su circo momentos antes de acabar con su vida.

Salió a la calle, dejando que le abriesen la puerta de la limusina sin cambiar su expresión. El trayecto fue tranquilo hasta llegar a la exposición, donde vio la aglomeración de curiosos e invitados entrando al recinto. Aparcaron en la entrada:
-Ya puede salir, señor Zimerman- le dijo su chófer.

Con paso firme avanzó hacia la sala principal de su exposición, manteniendo un gesto adusto a la vez que el resto de su cuerpo transmitía seguridad. Era el último baile y conocía a la perfección los movimientos.

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Mírase a donde mírase solo veía el caos que había producido. Hace una semana la ciudad era prácticamente suya y ahora se encontraba ante un último plan sujeto con alfileres. El alcalde de la ciudad había muerto, el ignorante príncipe de los chupasangres se atrincheraba en su piara particular y tenía más seguidores que nunca. Sentía ser capaz de tocar al mismísimo Caín en su tumba etérea cuando llegó a la universidad y vio el cadáver de la maga jefa. Apenas le costó volver a tomar el control del hombre-lobo; le convertiría en la mano ejecutora de la Gehena cuando el gran padre volviese a caminar entre ellos y pidiese explicaciones a su lugarteniente, él mismo, el que había transmitido el mensaje de una forma tan arrolladora.

Paseó por la ciudad en persona, atacando y utilizando a todo vampiro menor que se encontraba. La incertidumbre sembrada hace semanas había dado sus frutos en forma de pánico. Pero todo eso se había perdido. La sucia hechicera manchó su nombre antes de morir y transmitió sus mentiras al mayor de los cerdos, a ese Zimerman. En apenas dos días los lugares de reunión vampíricos se llenaban con la estúpida idea de que la Gehena nunca había sido real, que todo era obra de un único vampiro al cual se podía encontrar, cortar, golpear y destruir como a cualquier otro ser.

Hizo un último balance de sus recursos: el panorama era desolador. Sus seguidores humanos, unos cincuenta, hacían piña bebiendo, fornicando y matándose entre ellos mientras bebían su propia sangre en una triste parodia del mundo cainita. Los que utilizó desde el principio tenían la mente tan colapsada que se habían vuelto poco más que cáscaras de piel, músculo y hueso, apenas pudiendo mantenerse en pie y balbuceando. Ya no recibía fervorosos reclutas nuevos, ávidos de sangre vampírica y fácilmente maleables entre la locura y la dominación. La campaña de desinformación en el mundo humano después de la muerte del alcalde (''un grupo de delincuentes extranjeros peligroso y desesperado, manténganse en sus casas hasta que la policía se encargue'' recordaba con cara de asco) había hecho que se ocultasen como ratas. Solo le quedaba la escoria recogida del pasado, vestida con harapos y armada con tablones de madera enmohecidos.

Por el lado vampírico no mejoraba su perspectiva. Al tener que realizar una mayor presión en los rincones de su mente muchos habían perdido la chispa de la propia vida, entrando en círculos cercanos al autismo extremo. Se balanceaban agazapados, dormían sin despertar agitándose en sus lechos. Tendrían que ser los que recibieran los disparos hasta reventar, no podía esperar mucho más de ellos.

Quedaban el hombre lobo y él mismo. El perro requería un control continuo, sin bajar la guardia en ningún momento para no perder el dominio. Incluso a un vampiro de su talento le costaba en extremo poder mantener a un hombre lobo de esa forma. Pero lo que le preocupaba realmente era su propio estado anímico, la fuerza de sus convicciones y su tesón en el objetivo marcado.

¿Era realmente el pastor de la Gehena, el enviado oculto del sumo padre Caín? Se había fortalecido durante décadas incontables, destruyendo ciudades a través de la subyugación del mensaje en la mente de su población. Todas habían sucumbido, la Gehena se expandía y el padre Caín despertaría para premiarle y castigar a los impuros y los traidores. No era la primera vez que dudaban de la existencia del mensaje, de las santas palabras que transmitía, obligándose a pasar a los hechos más objetivos. Pero por primera vez una parte de su mente le decía que se olvidase de todo aquello y que saliese huyendo mientras tenía la posibilidad.

Evitó darle más vueltas de las que ya le había dado a lo largo de la semana. Si él dudaba de su pensamiento es cuando realmente estaría vencido. La exposición. Los mandatarios, los sucios mandamases. Todos ellos verían el poder de la Gehena en pleno apogeo esta misma noche mientras se lamían sus pomposos culos mutuamente, creyendo que todo se había acabado.

Se levantó y gritó con todas sus fuerzas. Se hizo el silencio en el campamento, clavándose todos los ojos en él:

-¡Escuchadme! Hemos pasado por mucho durante este tiempo. Hemos visto cómo el padre de todos nosotros, Caín, nos podía duras pruebas para transmitir al mundo la llegada de la Gehena. Hemos tratado de hacérselo saber a los ciegos y sordos de mente. Hemos visto cómo nos han matado, nos han enterrado y nos han intentado olvidar. -permaneció en silencio y pasó lentamente la mirada por todo el círculo-. Pero lo que no hemos hecho ha sido sucumbir a su perjuria. Hemos mantenido firmes nuestras ideas, nuestros conocimientos, ¡nuestra certeza! Nuestro padre, Caín, nos recompensará por ello, nos dará lo que más deseemos para poder sobrevivir a la Gehena como los únicos merecedores de ellos.

Los humanos se encontraban de pie sonriendo frenéticamente, abriendo la boca hasta desencajarla. Los vampiros enseñaban sus colmillos. El hombre-lobo aullaba con fuerza.

-¡Vayamos esta noche, demostrémosle el camino equivocado que han tomado! ¡Transmitamos la palabra! ¡Porque será esta noche la que pasará a la historia, la que hará que seamos recordados por siempre!

La masa se agitó de júbilo, gritando y saltando. Agarraron sus armas, todas sus pertenencias y montaron en los desvencijados automóviles que rodeaban el campamento a las afueras de la ciudad. El orador se dio la vuelta y se mantuvo oculto. En él no había esa alegría moria. Seguían las dudas en su mente, en su corazón mismo, pero sabía que ya no podía echarse atrás.

Esta noche bailaría con la propia muerte, ganase o perdiese la guerra.

domingo, 24 de abril de 2011

Cerrando el auténtico cerco


Inés avanzaba aceleradamente hacia el despacho del alcalde. En las últimas semanas habían ocurrido crímenes que se salían de los cánones habituales de la urbe: desmembramientos, gente enloquecida, una sensación de temor generalizada entre el cuerpo de policía por lo que estaban viendo, sin saber qué hacer, como meros espectadores cuando eran los encargados oficiales de los problemas. Ella no pensaba apenas en lo que acontecía por la saturada mente del alcalde. Su trabajo era llevarle los informes que pidiese, concertarle las citas en su endiablado horario y llevarle el café con su correspondiente mirada provocativa. No le daba importancia, era un trabajo y ni siquiera vivía en la ciudad.

Se atusó el cabello pegada a la puerta del despacho, se ajustó la falda ejecutiva y con aire decidido abrió la puerta.

-Señor Alcalde, le traigo los...

Dejó caer los informes al suelo ahogando un grito entre sus manos. Cayó de rodillas, sin poder dejar de mirar la escena que se abría ante ella, la sangre que envolvía la sala, el cuerpo del alcalde y que dibujaba en el suelo tapizado esa horrible palabra que habían marcado los informes policiales como patrón común a los crímenes. Las lágrimas surcaban su rostro, sin atender a los pasos agitados que venían del pasillo alertados por su grito.

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-No están, ¡No están aquí!-gritaba Ramón nerviosamente a su acompañante.

-Vamos tío, Zimerman nos está esperando, si la cagamos en esto nos colgará, ya viste lo enfadado que estaba.

-¿Qué quieres que haga, joder? Hasta hace cinco malditos minutos ni siquiera sabía que en este edificio había armas.

-Venga, tiene que haber algo. Mira esa caja, veo brillar algo por las ranuras.

Apartando las otras cajas Ramón abrió la que le señalaba su compañero. Dentro se encontraban apiñadas pistolas de todo tipo, todas de cañón pequeño y con un desgaste obvio incluso para el ojo no experto. Comprobaron si tenían munición. Era lo único que había en ese armario al terminar de registrarlo.

-Esto es basura tío pero tendrá que servirnos. Venga, relájate, no nos pasará nada y hasta puede que le caigamos en gracia al príncipe.

-¿Caerle en gracia?-Ramón le miraba desquiciado-. ¿Qué coño estás diciendo? No me importa caerle en gracia, nos van a matar, ¿es que no lo entiendes? ¡Vamos a palmarla junto a ese gilipollas!

-Shhh baja la voz, ¿quieres? Alguien podría oírnos, lo que nos faltaba si Zimerman se enterase de que vamos insultándole por detrás. Y relájate, somos vampiros y Zimerman y los gorilas que le acompañan parecen la hostia de fuertes. Lo que ha pasado...-miró al suelo bajando la voz- no sé qué ha pasado, pero saldremos de ésta, ¿vale?

Caminaron en silencio con la caja de las armas, dirigiéndose a la entrada. Las palabras de Fred no tranquilizaron a Ramón, intentaba convencerse más a sí mismo que explicar la situación de forma objetiva. Nunca habían destacado en la ciudad, ni pretendían cambiarlo. Sus ínfulas no pasaban de beber más sangre de la necesaria cada noche y fanfarronear ocasionalmente en los tugurios cainitas que les permitían pasar. Dudaban incluso que el príncipe de la ciudad recordara sus nombres, las escasas misiones que les mandaban las podía realizar un niño a la salida del colegio de proponérselo, y nunca venían directamente de Zimerman.

En la entrada les esperaba Remintong, el Sheriff de la ciudad. Solo le habían visto una vez anteriormente, afortunadamente para su existencia: ver a Remintong era sinónimo de que habías hecho algo realmente mal. En esa ocasión fue el repaso de las reglas de la Camarilla, con sus castigos bien remarcados, para aclarar ciertas dudas que surgieron en un pequeño colectivo y que pudiese ser que fuesen confundidas por el resto de cainitas. La congregación en su día escuchaba en silencio al enorme vampiro, y en la entrada de los aposentos del príncipe los vampiros que se encontraban también permanecían cabizbajos, mirándole de soslayo sin articular palabra. Zimerman se encontraba en el centro de la sala, sentado en una silla sujetando una escopeta, indiferente a lo que ocurría a su alrededor.

-¿Esto es todo?-les espetó Remintong al revisar la caja con las pistolas-. Tendrán que servir. Repartidlas entre los que no vayan armados.

-¿Pistolas? ¡Para qué queremos pistolas frente a los antidiluvianos!- gritó uno de los vampiros de la sala a unos pocos metros. Todos le miraron con la boca abierta, algunos asintieron en silencio y la palabra Gehena empezó a oírse en susurros. Fred miró a Remintong para ver su actitud pero ya no se encontraba junto a él.

El Sheriff había saltado sobre el vampiro y le mantenía sujeto del cuello, alzado en el aire.

-¡Los antidiluvianos no se han levantado!- tiró al suelo al cainita, girando sobre sí mismo para tener a la sala en su alcance visual-. No nos hemos convertido en humanos. Tampoco hemos perdido la sed de sangre. Somos capaces de utilizar nuestras disciplinas y, por favor, Caín no camina entre nosotros, oculto para devorarnos. ¡La Gehena no ha llegado porque no existe!

El silencio volvió a reinar en el ambiente. Nadie se miraba entre sí y mucho menos a Remintong pero todos tenían en mente lo mismo. El brutal asesinato del alcalde había hecho mella en los pilares de la ciudad, todos sabían que ni siquiera Zimerman con su cerco de censura sería capaz de ocultarlo al mundo humano. Sin cabeza, sustituida por la de otra persona, lleno de sangre y con la palabra Gehena escrita en el centro de su despacho. Pero incluso eso podría haber sido obra de personas ajenas, interesadas en crear ese clímax de miedo.

Si se encontraban allí, congregados junto al Príncipe y su Sheriff y armándose, era por lo acontecido en ese edificio apenas unas horas antes. Habían asesinado al portero del lugar, sin torso teniendo en su lugar el de un desconocido. Una maniaca ola de destrucción que había acontecido delante del mismo Zimerman, el gran y todopoderoso lugarteniente, el que dominaba la ciudad desde hacía años. Eso solo podía ser obra de alguien muy poderoso. O de algo. La Gehena.

Fred había terminado de repartir las armas. Miraba a Ramón para obtener alguna pista sobre cómo actuar en esa extraña situación pero se encontraba encogido junto a un pequeño grupo de vampiros. Sujetando su propia arma miró a Zimerman:

-Señor Zimerman, todas estas armas...quiero decir, ¿salimos esta noche de caza a por los que hicieron esto?

Todos los ojos se posaron en Fred. Intimidado mantuvo la mirada en el Príncipe, el cual no parecía reaccionar a estímulo alguno, incluyendo su pregunta. Cuando parecía que lo correcto era buscar un rincón similar al de los demás para agazaparse Zimerman habló:

-No. Esta noche no salimos a cazar- Zimerman levantó la mirada, haciendo encoger a Fred-. Esta noche nosotros somos la presa.

Fred se tambaleó sobre sí mismo, atemorizado al descubrir por qué todos estaban en ese estado, por qué se habían reunido allí armados con lo que encontrasen, por qué la atmósfera estaba cargada de incertidumbre y pavor. En los ojos de Zimerman vio la causa de todo ello. El Príncipe de la ciudad tenía miedo.

viernes, 11 de marzo de 2011

Despertando a la ciudad (relato)


Aparcó cerca de la escena, en el único hueco que los curiosos y los coches de la prensa habían pasado por alto. El revuelo de gente no ocultaba el rectángulo que la cinta policial había montado para intentar realizar su trabajo lo mejor posible. Aunque los policías evitaban que se sobrepasase la cinta los numerosos flashes les cegaban continuamente; la noticia del mes no podía dar para menos. García hizo uso de sus codos enfundados en el uniforme para avanzar entre la multitud, obviando la cerrada lluvia que acaecía y le atravesaba alcanzándole los mismos huesos. Esa noche no decía ''disculpe'', ''¿me permite?''; no, esa noche no había espacio para la educación ni el exquisito trato policial que se había labrado durante estos años.

Dentro del perímetro se encontraban varios policías de uniforme cuchicheando entre sí. El aviso por radio no había sido realmente descriptivo de lo ocurrido. La palabra homicidio englobaba demasiadas formas de quitar la vida a otra persona. Allí no había la escena de un homicidio, se encontraba la pesadilla de un demente con exceso de crack en la sangre. El equipo forense hablaba entre sí mientras tomaban pruebas a la atenta vista del detective Torres. García le conocía, el típico super poli entre treinta y cuarenta años que se cree capaz de atrapar hasta al mismísimo Satanás.

-Hola detective Torres, no sabía que se encontraba por la zona- Torres se dio la vuelta, mirándole de arriba a abajo con una media sonrisa en su rostro.
-García, vaya, tú sí que eres una sorpresa. ¿Te apetecía estirar las piernas fuera de tu coche patrulla? Tranquilo, me han asignado el caso. No va a ser fácil pero ya sabes, estas son las cosas que animan el trabajo de vez en cuando.

García seguía callado, sin hacer ningún gesto. Torres no hizo ademán de percartarse.
-Además nuestros chicos están alucinando. Mira, acércate ya que estás aquí-juntos caminaron hasta estar al pie del cuerpo.

El primer vistazo no sorprendería a nadie: un chico de unos veinte años, probablemente latinoamericano, con un agujero en el estómago y numerosas marcas de quemadura en la ropa. La clásica escopeta que interviene en las rencillas entre bandas, cada vez menos habituales en Alcalá pero no como para hacer saltar a políticos y psicólogos hablando de juventud e inmigración. Bajar la mirada te aclaraba la situación: en lugar de sus piernas enfundadas en pantalones holgados había dos miembros amputados, claramente de otra persona, desnudos y llenos de mordeduras. García se rascó un poco la frente, el único reflejo que alcanzó a utilizar para inhibir el llevarse las manos a la cabeza nerviosamente. No estaba seguro de si sus compañeros se habían percatado pero en la pared donde se encontraba apoyado el cuerpo había una palabra prácticamente borrada por la lluvia, donde se alcanzaba a vislumbrar una G al principio y una N unos espacios más tardes.

No necesitaba el informe científico para saber que esas piernas pertenecían al mismo individuo de los 2 brazos encontrados anteriormente. Tampoco la magia tremere para que esas mordeduras revelasen la acción de un cainita. Ahora lo que quería era mantener la tensión arterial en su sitio, la que no revelase su ansiedad ante toda esa gente. El primer brazo estaba detrás de una fábrica a las afueras; el segundo dentro del desgüace de un demente, más llamativo aunque todavía sin alcanzar a la población. Pero ahora teníamos dos piernas en medio de la maldita ciudad haciendo una obra de arte contemporáneo para el deleite de todos los presentes. Primera plana en los periódicos, noticia que abre los telediarios previo paso a la película de la semana. Y esa maldita palabra de nuevo, sin faltar a su cita junto al espectáculo grotesco.

García se percató de que Torres le miraba, todavía con esa sonrisa bobalicona en su cara.
-Eh, muchachos, ¿de qué coño son todas esas mordeduras?
-Es difícil determinarlo, detective. No encajan con la dentadura humana pero tampoco son de un perro, o un gato.
-Podría ser..-García carraspeó y se puso firme- bueno, podría ser de un mono o un orangután, ¿no?

El forense levantó la vista extrañado mirando a García.
-¿Un mono? ¿En Alcalá? Ni siquiera tenemos zoo.
-Bueno, no hay que descartar nada, ¿no crees? Incluso podría ser un perturbado con una mandíbula de pega.
-Sí, supongo...-dijo el forense agachando la mirada con cara de circunstancia.

Se le estaba escapando la situación de las manos. ¿Una mandíbula de pega? Hasta para él sonaba ridículo, aunque decir que había sido obra de un vampiro seguro que producía la misma reacción de consternación ante la ineficacia de los agentes de campo.

-Agente García, creo que es mejor que vuelva a seguir haciendo su trabajo-interrumpió Torres poniéndole una mano en el hombro y de espaldas al cuerpo del delito-. Los demás chicos malos de la ciudad puede que aprovechen para hacer de las suyas. Ya me encargo yo de éste, no se preocupe.

Una palmada en el hombro y un guiño le pusieron rumbo de nuevo a su coche patrulla, cargado de dudas, rabia y frustración. Quería matar al que hizo aquello, al que en una semana había puesto en estado de alerta su tranquila ciudad. También quería matar al detective Torres y su pomposidad sin sentido. Zimerman le había puesto el ancla en la escala policial como encargado principal de las patrullas y por esa genial idea ahora le echaban de los casos serios, como si fuese el novato que trae los donuts a primera hora de la mañana.

Arrancó en dirección a la facultad de medicina. Allí se encontraba Zimerman junto a Madison, la primogénito Tremere. Llevaban dos días analizando sendos brazos encontrados hasta ahora, junto al malogrado cuerpo de Paco Ruiz, dueño del desgüace y muerto a manos de los vampiros que envió Zimerman a investigar. El señor Ruiz, aparte de ser un delincuente de medio pelo, no tenía más fama que la de ser aficionado a los restaurantes especializados en barbacoa y a los prostíbulos de carretera. En su ficha policial aparecían varias fotos de él, orondo como una vasija antigua, en clara actitud agresiva junto a otras personas sin relevancia. Ahora teníamos a un Paco Ruiz muerto, demacrado en unos esqueléticos 50 kilos, que hacía semanas que no aparecía en sus recorridos habituales ni se encargaba de cumplir sus pedidos, ya fuesen legales o no. La descripción de lo ocurrido en el desgüace, con trampas y un desquiciado atacando con una barra de metal, eran todavía más inquietantes.

Gehena. Tres veces se había cruzado ya con ella, con la palabra tabú. Se había llevado el corcho de pared donde estaba escrita en la oficina de Paco Ruíz antes de que sus compañeros de la policía llegasen; la lluvia había borrado el rastro justo a tiempo, ayudada por lo impactante de la escena en su totalidad distrayendo la atención de los efectivos policiales. La próxima vez puede que la suerte para el mundo de los vampiros decidiese apearse, dejándoles solos en la cuneta de un mundo humano aterrorizado por el descubrimiento de sus otros habitantes.

Aparcó enfrente de la facultad. No sabía qué decirle a Zimerman. Ni siquiera sabía qué decirse a sí mismo. Pero una idea había ido creciendo a lo largo del camino, golpeándole frenéticamente en su mente en este momento: lo que fuese a ocurrir estaba cada vez más cerca.

domingo, 6 de marzo de 2011

Cazando al cazador (Relato)


(Continuación de la partida de rol que estoy dirigiendo. Magic y psicología a la espera, no me olvido xD)

No había sido elegante. La pulcritud y el cuidado habían sido relegados a un segundo plano para dar paso a la ansiedad de recuperar una normalidad que puede que nunca existiese. Zimerman no podía dejar de pensar en ello, ¿era su manera de trabajar lo que cambiaba la situación o eran las circunstancias las que marcaban las líneas de su proceder? El humano que trajeron sus subordinados era muestra de que su particular estado de bienestar puede que no fuese más que una figura de arcilla sin terminar, pincelada con apenas unos rasgos visibles de cuidado y sutileza pero siendo en esencia un tosco trozo de barro.

Pero la información era vital, costase lo que costase. La vida de un anónimo mendigo no iba a echar por tierra todo su esfuerzo. No tenía mucho sobre lo que trabajar: un coche marrón destartalado, una sombra sonriente (¿quizás el Sabbath? Imposible, no en Alcalá) y un brazo aparecido de la nada con esa palabra, esa maldita palabra. La mente de Zimerman funcionaba a toda máquina a pesar de su semblante serio. Dio las órdenes de rutina para dejar limpio el asunto del mendigo y fue a su oficina a pensar con calma.

La Gehena no podía ser real. Ese era el primer punto a asumir para poder continuar. La muerte y el caos colectivo se alejaban de su estilo de vida y aceptar su llegada sería como esconderse bajo las sábanas de la cama cuando entran a robar en casa. Tampoco era la forma de proceder del Sabbath, ellos habrían hecho una pila de cadáveres y un pentagrama con Jack Daniels en el centro de un parque infantil en llamas. Los hombres-lobo se encontraban en las afueras y hacía años que no se adentraban en la ciudad; de nuevo, tampoco era su forma de hacer las cosas. Tenía que ser un grupo de personas, humanos o vampiros. Quizás incluso solo un individuo, un desquiciado con ganas de protagonismo y aburrido de seguir vivo.

García había sido útil. No había denuncias de coches robados con una descripción tan particular por lo que, o era el legítimo dueño o simplemente no se había dado parte del robo, probablemente por defunción prematura del legítimo poseedor. Poner a trabajar a la policía provocaría suspicacias y, sobre todo, te arriesgabas a que hiciesen bien su trabajo y encontrasen el coche. De nuevo García aportó una interesante línea alternativa: podría haber adquirido el coche a un usurero. En las afueras había un desguace que componía coches con piezas sueltas, auténticas tartanas listas para llevar a una muerte segura al desdichado que se atreviese a usarlas; perfectas para alguien que quisiera pasar desapercibido, sin registro, sin preguntas, al contado, disfrute de su nuevo automóvil y no se preocupe de utilizarlo como coche bomba.

Era el momento de mandar a sus chicos. El trabajo en la fábrica no había sido un ejemplo para exponer a los futuros cainitas del buen trabajo y la perfección pero habían conseguido el objetivo sin crear una orgía de sangre de las de primera plana a todo color. Siguiendo su línea de pensamiento, el individuo particular, había que andarse con pies de plomo. Mandar a García en su flamante coche patrulla podría ponerle en alerta. Y si además estuviese directamente en ese desguace...bueno, los golpes de suerte existen para todos, incluidos los vampiros.

Llamó a su secretario y le dio las instrucciones precisas. Antes de colgar ya tenía sobre la mesa su botella de sangre pura, primera calidad sin deplorables añadidos como las drogas o el alcohol tan de moda entre los humanos. Puede que las cosas terminasen antes de lo imaginado, o puede que todo acabase en el fondo del retrete más inmundo que pudiese concebir su imaginación. Pero una cosa era segura: ahora él era el que estaba de caza.

lunes, 28 de febrero de 2011

De camino a la Oficina (Relato)


(Este es un relato introductorio para una partida de rol que voy a dirigir ambientada en Vampiro: Mundo de Tinieblas. Sí, el blog es de magic y de psicología, lo sé. Palabra que intentaré reconducir el blog poco a poco. Mañana empezaré de nuevo con la parte de clínica así que volveremos a los artículos de psicología en breves)

El tráfico era bastante tranquilo por el centro de la ciudad a pesar de ser jueves. Un coche patrulla circula con calma por la carretera, con la sirena apagada, aparentando una vuelta rutinaria normal. El ambiente es más relajado que nunca, algo que gusta a la policía, al pueblo y a sus gobernantes. El plural en gobernantes no es un ejercicio de educación para no excluir a todo político diferente al Alcalde directo; hay otro gobernante, más oculto, mucho más anónimo pero con una presencia que abarca toda la red urbana.

Zimerman llegó a la ciudad aproximadamente hace 2 años y medio. No se puede decir con exactitud el momento de su proclamación como príncipe de Alcalá de Henares porque nadie está seguro de lo que ocurrió. Lo principal o, siendo más cautelosos, lo importante, es que el anterior príncipe y su cohorte fueron derrotados, vapuleados por una fuerza externa la cual supo manejar los hilos adecuados. El príncipe Jared no había sabido controlar la ciudad en los últimos tiempos, algo que no pasó desapercibido para nadie, y menos para alguien con medios y motivación de poder.

Los cambios fueron continuos, sin prisa pero sin una parsimonia innecesaria. El agente Pedro García lo notaba en sus patrullas nocturnas: ausencia de peleas callejeras, un tráfico de drogas bajo mínimos y una prostitución que no se aglutinaba en los portales familiares. Zimerman adormeció sin problemas la ciudad a base de trabajo constante, discreto y sin error. Todo era muy diferente con él.

Pedro trabajó para el anterior príncipe a título de ''ese poli que nos tapa las cagadas''. Si un neonato dejaba demasiado seca a una jovencita en un bar era Pedro el que la llevaba a urgencias; si en una pelea callejera uno de los contendientes salía volando de un puñetazo 5 metros Pedro le hacía de colchón para no llamar la atención. Con promesas de un ascenso seguro en la policía y amenazas veladas el trabajo se estaba volviendo realmente incómodo. En los últimos estertores de Jared los problemas pasaban a palabras mayores para la vida de la ciudad y nadie sabía hasta dónde llegaría esa situación.

La manera de trabajar de Zimerman fue diferente desde el principio. Las promesas de beneficios laborales se convirtieron en un sencillo y parco discurso: ''Escúcheme, agente. Nunca ascenderá, nunca tendrá un sueldo mejor y ni se le pase por la cabeza que algún día recibirá una medalla. Será totalmente anónimo, un policía estándar en una ciudad estándar. Pero si hace bien su trabajo, y lo hace a nuestra manera, todos los meses tendrá un sobre en su buzón con una cantidad de dinero. ¿Cuánto? Su trabajo será el que lo estipule...'' Y era generoso, muy generoso.

En unos pocos meses los hilos del nuevo príncipe habían echado raíces. Instruyó a las personas específicas (de ahí el conocimiento de términos como ''neonato''), organizó rutinas de procedimientos semanales y sumió a la ciudad en un lecho cómodo de ignorancia y pulcritud. Pedro no podía quejarse de su situación. Ya no había encargos peligrosos. En su coche ya no se montaban hombres con los colmillos rojos de sangre y un agujero en el estómago producido por la escopeta de otro agente líbido por el terror. Llevaba paquetes cerrados, entregaba a la prensa notas policiales ya escritas de antemano y hacía llamadas telefónicas con mensajes tan profundos como ''cierro la calle 11, a la espera''. Y simplemente se quedaba a la espera.

Pero algo había interrumpido esta tranquila rutina de trabajo. Pedro se veía tranquilo a través de los cristales del coche patrulla pero por dentro estaba aterrorizado. Deseaba acelerar a fondo y llegar cuanto antes a la Oficina, sitio enclave donde se encontraba el príncipe Zimerman, para mostrarle lo que un aterrorizado agente novato había encontrado de casualidad. Pero incluso en eso la disciplina de Zimerman era férrea: ''no llames la atención en asuntos referentes a nuestro mundo, y si lo haces ten una explicación a mano para más tarde''. Hacer chirriar las ruedas de un coche patrulla sin que nada se supiese después no era profesional. Al menos si quería seguir viendo el sol al amanecer. Despachó al novato diciéndole que él se encargaba de todo y se dispuso a su patrulla nocturna como si no pasase nada.

-Calma...seguro que ya lo sabe- Se dijo a sí mismo el agente García.

No era fácil mantener la calma cuando llevas en el asiento del copiloto algo que se salía completamente del plan Zimerman. Un brazo amputado, sin sangre, con 2 marcas de colmillos claramente visibles y con una palabra realizada con un cuchillo en la carne directamente la cual era reconocible incluso para alguien como Pedro. Gehena.